Nada que aportar: A tomárselo con humor

14 Mar

¿Cómo puede el humor, ese atributo tan valorado, presumido, anhelado en tiempos “normales”, ser sin embargo despreciado, negado e incluso censurado en momentos difíciles? ¿Qué es lo que nos arrastra a esta suerte de bipolaridad social, que nos lleva a renegar de todo lo que huela a mínimamente gracioso cuando estamos en problemas?

Millones y millones se pagan a los humoristas para que nos hagan reír cuando tenemos motivos de sobra para hacerlo, pero ¡ay! de quien ose hacer un chiste cuando los ánimos están a mal traer. Paradójico el humor: cuando más se le necesita, menos se le acepta.

“La risa abunda en la boca de los tontos”, recuerdo haber escuchado en mi infancia. Errónea apreciación. Nefasta, por la relación –confusión, acaso– entre risa y humor. Desde niños nos enseñan a ser serios. A comportarnos “como corresponde”. A actuar apropiadamente, a sentarnos derechos, a no interrumpir a los mayores. A adecuarnos a las normas y usos sociales, al fin.

Ya adultos nos damos cuenta de que el humor no es tontera, sino al contrario, muestra de inteligencia. Pero ya es tarde. Porque el humor no se compra en la farmacia. El humor se aprende, se absorbe desde niño. Se cultiva. Sobre todo se cultiva. Para el que no lo hizo a tiempo, no hay vuelta atrás. ¡A enseñárselo a nuestros hijos!

Lamentablemente, incluso quienes habitualmente gozan de un notable sentido del humor reaccionan ariscos ante un chiste lanzado en un momento “inoportuno”. ¿Qué hay detrás de eso? Tal vez son los sermones de padres, profesores, adultos en general, que cuando niños nos enseñaban lo que debía y no debía hacerse, que vuelven a nuestra mente. Resuena la letanía no-te-rías-no-te-rías-no-te-rías-no-te-rías. Eso no es divertido, eso no es gracioso. Eso no, eso no.

¿Por qué no? Si es socialmente aceptado como un atributo deseable, ¿por qué limitarlo? ¿Por qué reservarlo para ciertas reuniones sociales, momentos acotados de nuestra vida? No podemos –no corresponde, nos enseñaron– sacarlo a relucir en reuniones formales, momentos solemnes, situaciones complicadas. Cuando de verdad se lo necesita.

Tengo algunos recuerdos tristes de mi vida. Momentos difíciles, pérdidas, dolores que llevo conmigo hasta hoy. Sin embargo, no recuerdo ninguno de ellos sin algún espacio de risa, de humor intenso. Carcajadas algunas veces, risas solapadas las más. Los momentos de mayor–y más negro– humor de mi vida han sido durante trances difíciles. Funerales, momentos de dificultad familiar o personal. Siempre la risa me ha ayudado.

El humor, me he convencido a lo largo de mi vida, es una manera de ser. Una forma de enfrentar la vida. Y no hablo de andar de payaso por el mundo, de ser el bufón de la corte. No se trata de eso, sino de tener la capacidad de ver lo divertido, lo ridículo, lo gracioso que encierran todos los momentos de la vida, por difíciles que sean. La capacidad, también, de reírse de uno mismo, que es –creo– la base sobre la que descansa el verdadero humor.

No todo puede ser tan grave. Venimos al mundo –y muchas veces nos vamos de él– entre llantos. ¿Por qué no tratar de compensar esa inefable verdad riéndonos a destajo, con dolor de guata y lágrimas, mientras podamos? “Con la muerte no se hacen bromas”, he escuchado una y otra vez. ¿Por qué no? ¿No vamos todos, acaso, irremediablemente en esa dirección? ¿Qué es lo que hace, o debería hacer, a la muerte tan sagrada que no podamos reírnos de ella mientras tenemos tiempo? Mal que mal, finalmente será ella la que se ría de nosotros, por lo que deberíamos al menos tomarle un poco de ventaja.

Seamos más insolentes, menos serios, más graciosos y menos severos en nuestra vida. Pero hagámoslo bien: pongámoslo en práctica cuando parece que no se puede, cuando todos nos censuren por hacerlo. Cuando la reprobación sea generalizada. Reventemos el contexto, mostremos que, sin dejar de lado los sentimientos difíciles, podemos reír. Seamos subversivos, refractarios, ganémosle el espacio a la seriedad, el dolor y la tristeza a punta de humor. ¿Que ese humor es demasiado negro? Tal vez, pero me tiene sin cuidado: no soy racista.

Especialmente vigente en estos días de desgracia.

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